Es obligada la referencia a Orfeo Negro (1959), de Marcel Camus, Palma de Oro en el Festival de Cannes. Pero más obligada es la referencia a la obra de teatro Orfeu da Conceiçao, de Vinicius de Moraes, pues ha servido como base al guión de este Orfeu. E injusticia sería dejar en silencio el Orfeo de la mitología helénica, uno de los mitos más oscuros y más cargados de simbolismo, cuya versión más rica y acabada se encuentra en el libro IV de la Geórgicas de Virgilio.
Resumen mítico: Eurídice, la esposa de Orfeo, muere. Una diosa permite al enamorado Orfeo rescatar a Eurídice de la muerte con tal de que no la mire hasta haber salido con ella del reino de las sombras. Orfeo acepta. Con su música encanta a todos los monstruos que le obstruyen el camino y, sin mirar, toma a Eurídice. Llegando casi a la luz, Orfeo duda: ¿y si no es ella? Mira, y Eurídice se desvanece y muere por segunda vez. Las mujeres tracias, despechadas y envidiosas de la fidelidad de Orfeo a la memoria de Eurídice, le matan.
Con variantes, esta es la base del Orfeu de Carlos Diegues. Ha querido ser fiel al espíritu de la obra de Vinicius de Moraes, a través de una auténtica ambientación de las favelas y de los carnavales y música de Río de Janeiro, e indagando en el deseo humano de vivir una pasión más allá de la muerte, de vivir el mundo espiritual, una verdad eterna... La fuerza del mito griego es capaz de vencer cualquier deficiencia; y la deficiencia de Diegues, sin ser tremenda, tiene su principal motivo en la escasa dramaticidad de los actores protagonistas, y aun del resto del reparto. Lo cual hace pensar que Diegues ha querido alejar su Orfeu del aliento trágico, o bien que no ha sabido hacer tragedia. Y me parece a mí que se queda en algo más bien romántico y menos fuerte. Aunque sí da con un acierto grande: parece no haber espacio ni tiempo —las complicadas callejas y cuestas de las favelas, como laberintos; y las noches insomnes y las madrugadas y mediodías de las vísperas del carnaval, sin orden, sin precisión—, y sobre esa niebla indefinida, el amor de Orfeo y Eurídice es lo único definido y claro, lo único real.
Caetano Veloso, que pone la música, pone calidad, como era de esperar en él, y no cae en la tentación de unos ritmos pegadizos y bullangueros. No es la música del Orfeo de Monteverdi, quiero decir, no está en lo ensoñado y melancólico —que aleja de la tragedia—; pero tampoco es una música trágica, pues la película no lo es. Se mantiene como en una música de carnaval abstracto, o, si se quiere, de concierto.
La fotografía de Affonso Beato da una bellísimas imágenes, conmovedoras en su misma belleza, del Carnaval de Río, de las míseras y sin embargo vivas favelas. Frente al de Marcel Camus, este es un Orfeo real, afincado en la materialidad auténtica de lo brasileño, de Río; y, con ello, en ocasiones se muestra su desatada sensualidad, y rompe a veces la cruel violencia.Sin ser una obra memorable, es una película muy digna, magnífica en lo visual y musical, y con la imperecedera fuerza del profundo amor y de la misteriosa muerte de Orfeo y Eurídice. (P.A.U. - Bloggermania.com)

